La industria extractiva mexicana atraviesa una coyuntura histórica definida por la transición energética global, la relocalización de cadenas de suministro en Norteamérica y un ciclo de precios altos en los mercados de metales. En el ámbito macroeconómico, la minería no petrolera aporta el 2.8% del Producto Interno Bruto nacional y el 8.7% del Producto Interno Bruto industrial, sosteniendo 416,663 empleos directos en 574 operaciones activas. En 2024, el sector captó 5,060 millones de dólares en inversión extranjera directa, un aumento interanual del 15.9%, impulsado por Canadá con el 76.4% y Estados Unidos con el 10.6%.
No obstante, este panorama convive con la paradoja del valor sin volumen, un estricto reordenamiento regulatorio y el redespliegue de capital en proyectos clave. En 2024, el valor de la producción minero-metalúrgica en México alcanzó un récord de 379,290 millones de pesos (17,500 millones de dólares), un alza del 21.2% frente al año previo. El oro aportó el 30.6% del valor, el cobre el 27.2% y la plata el 17.6%. Este crecimiento derivó de las elevadas cotizaciones internacionales de las materias primas y no de un mayor volumen físico. La extracción física se redujo de 45.5 millones de toneladas en 2018 a 37.8 millones en 2024 por incertidumbre regulatoria, demoras en permisos y conflictos territoriales.
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