La masificación de proyectos de desalinización e impulsión de agua de mar directa hacia faenas cordilleranas ha convertido a las líneas de tubería en activos de infraestructura crítica de primer orden. Con trazados que se extienden entre 120 y más de 160 kilómetros para salvar desniveles superiores a 3.000 metros de altitud, estas conducciones de acero al carbono de 36 a 48 pulgadas operan bajo presiones hidráulicas continuas que superan los 150 a 200 bar en las estaciones de bombeo, donde la preservación del espesor de pared resulta determinante para evitar paradas no programadas.
A diferencia de la corrosión galvánica uniforme, la Corrosión Microbiológicamente Influenciada (MIC) se desarrolla por la colonización de microorganismos sésiles que se adhieren a la superficie interna del tubo, formando una biopelícula polimérica densa (biofilm). En el microambiente anóxico subyacente al biofilm, las bacterias sulfato-reductoras (SRB) metabolizan los sulfatos disueltos en el agua marina para generar sulfuro de hidrógeno, compuesto altamente reactivo que despolariza el cátodo metálico. Este proceso electroquímico induce mecanismos de picadura acelerada (pitting) con tasas de penetración que pueden sobrepasar los 1,5 a 2 milímetros por año en zonas estancadas o de bajo cizallamiento hidrodinámico.
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