Cualquiera que haya trabajado en el norte lo notó alguna vez frente a una góndola. El mismo artículo que en un supermercado de Santiago tiene un precio, en Calama aparece más caro. Es el resultado de una cadena de costos que se acumula desde que el producto sale de la fábrica hasta que llega al estante, y su tramo más caro es también el que menos se ve. La última milla es la etapa final de la cadena de suministro, el trayecto que va desde el último punto de distribución hasta el cliente final. Suena menor, pero concentra una proporción alta del costo total de distribución. Ahí se juega la coordinación de rutas, los tiempos de entrega y la eficiencia de cada despacho.
En los bienes de primera necesidad la brecha existe, pero se contiene, porque el volumen sostenido y la rotación permanente permiten repartir mejor el costo logístico. Donde la diferencia se vuelve visible es en el consumo recurrente no esencial, esos productos que se compran seguido pero en cantidades acotadas y con menor previsibilidad. El alimento para mascotas ilustra bien el punto. Un residente de Calama que busca opciones específicas como el alimento Bravery para gatitos suele encontrarlo más caro o menos disponible que en la zona central, porque es un ítem chico, de reposición frecuente y de demanda dispersa. La distancia castiga exactamente ese perfil de producto.